Ride the Lightning: la cumbre de Metallica.

 

 

 

Se ha vuelto algo cotidiano meterse con Metallica. Es más, diría que se ha convertido en algo tan mundano que está al borde de convertirse en un deporte olímpico en Rio el año que viene. Tanto se ha criticado a la banda –algunas veces de forma justificada y otras, no tanto- que ahora es hasta una moda hacerlo –una actitud francamente lamentable cuando se hace por el mero hecho de vilipendiar y no para hacer una crítica constructiva o al menos para aportar algo útil. Ya conocemos de sobra la historia de la caída en desgracia de los de San Francisco como los Judas del Metal, así que no les quitaré tiempo explicándoles esa parte de la trama en cuestión; los llevaré a las antípodas de eso; a la época donde estos sujetos, ahora tan defenestrados y ultrajados por toda la comunidad metalera –conocida por su dramatismo y extremismo a la hora de encontrarse con un grupo que no actúa como desean-, eran una de las mejores bandas de su generación… y la mejor para algunos. Hace mucho tiempo, Metallica era una banda de Thrash Metal y, para sorpresa de muchos sabihondos autoproclamados que opinan desde un ordenador acerca del pasado de la banda, una bastante buena en eso. ¿Qué locuras estás diciendo, Kevin? Calma, les explicaré con tranquilidad. Que todas las historias tienen un comienzo, un desarrollo y un final. Pero con la de Metallica parecen quedarse últimamente solo con el final. No, no soy un fan irredento de los de Ulrich –es más, no están ni en mi Top 20 de grupos favoritos-, pero soy el tipo de individuo que da crédito cuando el crédito es merecido; y estos cuatro tipejos hicieron algo grande, muy grande, en 1.984: Ride the Lightning.

A principios de los años 80s, el Thrash Metal había nacido principalmente del movimiento musical de la Bay Area de San Francisco como una respuesta generacional a un cúmulo de jóvenes que deseaban un sonido más crudo, veloz y agresivo en el cada vez más popular estilo musical del Metal. Luego de haber sacudido a medio mundo y habiendo popularizado el naciente estilo del Thrash Metal en 1.983 con su debut, Kill ‘em All, los cuatro jinetes de Metallica eran una de las bandas que más atrapaban la atención de los imberbes metaleros de Norteamérica en plena época conservadora de los Reagan y que los veían como los símbolos de una generación musical que surgía de las calles: la ira contenida contra el mundo que encontraba un medio de vocalización en sus canciones y la pobreza de quien no tiene nada más que eso para aferrarse. Los de Metallica estaban quebrados en vísperas de la elaboración de su 2do álbum y se embarcaron a Dinamarca, tierra natal de su baterista y líder, Lars Ulrich, para grabar dicho trabajo en los estudios Sweet Silence, porque ahí había sido donde los Rainbow de Ritchie Blackmore produjeron el Difficult to Cure en 1.981 y admiraban el sonido de ese álbum, por lo que se embarcaron en ese viaje. Arribaron a dicho país con la mayoría de sus equipos robados en una escala que hicieron en una aeropuerto en Estados Unidos, hospedados en la casa de un amigo de Lars durmiendo en el piso y con nada más que hacer en tierras extranjeras –donde los otros tres americanos, James, Cliff y Kirk, sufrieron un choque cultural- que beber cervezas Carlsberg, ver videos musicales y trabajar en sus composiciones. Llegaron al territorio danés con el grueso de las canciones hechas -las presentaron en algunos conciertos locales en ese país antes de entrar al estudio-, por lo que buscaban perfeccionar su sonido con el aporte del afamado productor Flemming Rasmussen y con la idea de un concepto sobre el cual giraría la temática del álbum: la muerte.

Ride the Lightning se fraguó bajo una óptica musical un tanto diferente a la de su predecesor desde el contexto de que el bajista, Cliff Burton, y el guitarrista solista, Kirk Hammett, podrían realizar aportes por vez primera puesto que en Kill ‘em All llegaron en las últimas etapas del proceso de producción del álbum del martillo ensangrentado. Estructurado en pleno invierno de Febrero, inmersos totalmente en su arte –no paraban de ver videos y escuchar música- y con dos miembros nuevos suministrando sus conceptos e influencias a la mezcla; no hay que desdeñar estos aspectos que hacen del Ride the Lightning una de las obras seminales de todo el vasto universo del Metal: un álbum iracundo de Thrash bañado en las fascinaciones abstractas de Lovecraft, Stephen King y plagas bíblicas; un compendio de canciones que lidiaban con los oscuros preceptos de las múltiples e incontables muertes que puede llegar a padecer el hombre; y los horizontes de una musicalidad extrema (para esos años) que se veían ampliados por cuatros jóvenes que comenzaban a percatarse de sus capacidades. Emana una mixtura atronadora de un infierno sonoro, de una habilidad musical mejorada y de una pasión que no podía ser contenida –ésos eran los tiempos en los que los miembros de Metallica competían por ser los mejores y no estaban acomodados en un trono oxidado. Aquí fue donde James Hetfield, vocalista y guitarrista rítmico, se afianzó como un letrista que tenía algo que decir y evocó todos sus temores y traumas de la infancia en referencias “lovecraftnianas”, semi-filosóficas y una cierta dicción lírica que distanciaba a las letras de la banda de las típicas alegorías de guerras épicas, mujeres y acero que se narraban por esos años en el género -un punto que separaría al grupo de la competencia a posteriori. Y no hay que negar que en el Ride the Lightning se esconden una serie de proezas líricas en joyas como For Whom the Bells Toll, Fade to Black o Creeping Death, que demuestran un sendero más elocuente e incluso poético que abarca el letrista. Tocaron tópicos ya hechos por otros grupos, pero con su sello, con su identidad –embriagados y contornados por la impronta de Hetfield.

Metallica 1986

Darle play a este trabajo es adentrarse a ese mundo tan peculiar que solo los grandes álbumes saben hacer de tan buena manera. El comienzo acústico con fuertes connotaciones clásicas de Fight Fire With Fire denota una leve tendencia experimental que se revisitará posteriormente en el trabajo; pero al poco tiempo de esa introducción, la pieza se convierte en un asalto sonoro que emana esa sensación de un apocalipsis cuasi inevitable, como la muerte por guerra nuclear de la que se trata la canción. Musicalmente, es uno de los temas más contundentes y brutales de Metallica, con un riffeo muy directo de Hetfield y un Lars que, como pocas veces, se faja para entregarnos un doble pedal remarcable –un tema desquiciado y que nos hunde en la oscuridad recientemente adquirida de la banda. El tema título nos agracia y es una pieza compleja con un ritmo rebosante de adrenalina, vocales frenéticas de Hetfield y una estructura aventurada donde Kirk Hammett, guitarrista que no es santo de mi devoción, se despacha un sinfín de riffs y solos descomunales; es, a mis oídos para nada excelsos, una de las composiciones más técnicas de la banda. Luego tenemos la canción de las campanas y las alegorías críticas de Hemingway acerca de la guerra; For Whom The Bells Toll posee la característica introducción mágica del bajista Burton y el ritmo del tema posee reminiscencias a las cabalgadas épicas del bajo de Steve Harris, pero con un riffeo más bruto y abrasivo; Hetfield se deja el alma en las vocales y cuaja el mejor trabajo lírico de la obra en, tal vez, la canción más conocida del álbum. El primer contacto de Metallica con la controversia surgió por el talante de balada de Fade To Black que hizo enfurecer a más de un metalero ultra convencional; pues déjenme decirles que ese metalero ultra convencional no tenía ni la menor idea de lo que hablaba en el ’84 puesto que esta canción es una pieza magistral que pregona la agonía y la tristeza de una persona que se encuentra en las postrimerías de su existencia y contempla el suicidio como una salida factible; el buen hacer en la guitarra del binomio Heftield/Hammett es encomiable e incluso Lars se muestra compacto, a pesar de todas sus limitaciones. Una de esas muestras de lo que eran los de San Francisco en su apogeo y que encarna a una de las composiciones más apasionantes del género. Trapped Under Ice retoma la rabia y beligerancia de Fight Fire With Fire con unos ritmos y riffs mortales; por el otro lado, Escape es un tema inspirado en la NWOBHM en cuanto a sonido se refiere y posee un estribillo “fácil” de los que poca veces se ha escuchado en la primera etapa de Metallica. Caos, destrucción y muerte parecen ser anunciados en el trepidante comienzo de Creeping Death; una canción que es una catedra acerca de cómo componer un gran tema de Thrash potente, con unos riffs memorables y un interludio, la parte de “Die By My Hand” inspirada en un corte de Exodus –o plagio, si prefieren ser más sinceros-, que roza la cúspide del sonido de la banda –simplemente, una obra maestra. Finalmente, si algo separa a este álbum de muchos otros de su calaña, son esos momentos de distinción donde se atreven a ir a donde otros no van; hacer una instrumental de la oscura majestuosidad de The Call of Ktulu remarca y encumbra la apoteosis musical de estos cuatro jóvenes en el comienzo de sus carreras en una sucesión imperial de riffs, melodías y cambios rítmicos que se asemejan más a lo que harían muchas bandas de Metal Progresivo en el futuro. Una composición donde las palabras sobran y los cuatro instrumentistas cuajan una actuación para la eternidad en el llamado a aquella bestia que Lovecraft predicó. Para finiquitar, cabe mencionar que éste fue el último álbum en contar con composiciones del líder de unos Megadeth en proceso de formación para ese año, Dave Mustaine, en dos canciones –el tema título y la instrumental ya acotada, The Call of Ktulu.

El resto de la historia es bastante estándar para una agrupación que siempre tuvo una trayectoria ascendente en el aspecto monetario y mediático: tocaron en lugares más grandes que con el trabajo anterior, consiguieron más reconocimiento y cada vez más personas de todos los ámbitos –periodismo, sellos, fanáticos- se fijaban en lo que hacían. Luego llegarían los siguientes trabajos que los volverían dioses, su ya tan famosa traición y descender a una vorágine de muerte creativa que los ha dejado como una mera cascara vacía de lo que una vez fueron. Y por supuesto, no falta una comunidad que aproveche cada oportunidad, por más ínfima que sea, para despotricar y defenestrar en contra de todos los aspectos de esta banda; incluso llegando a minimizar obras sempiternas como sus cinco primeros trabajos. Indiferentemente del chiste de mal gusto en que se ha convertido Metallica, es de sabios dar crédito cuando el crédito es merecido y comprender que, en su momento, estos sujetos fueron de lo mejorcito que se plantó en el universo metalero con una serie de álbumes que aún emanan ecos desde la distancia de la eternidad. El Ride the Lightning es hoy en día, para mí, el mejor trabajo de los jinetes y la sublimación de su sonido; ese momento donde consiguieron el balance perfecto entre agresividad, melodía, técnica y sapiencia musical. Lograron una obra maestra, triunfaron y marcaron un antes y un después en una escena que necesitaba un cambio. Sí, luego se fueron a la mierda pero, ¿a qué grupo no le ha pasado?

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2 comentarios en “Ride the Lightning: la cumbre de Metallica.

  1. Tremendo disco, el inicio además de una fórmula que se vería potenciada con sus dos sucesores: Master of puppeys y …And justice for all. Y es que lo que acá fue ‘Fade to black’ luego fue ‘Welcome home’ o ‘One’, ‘Call of Ktulu’ luego fue ‘Orion’ seguida de ‘To live is to die’… y así. La banda creativamente aún tenía más que dar pero la chispa inicial, la que demostró que Metallica estaba escalones por sobre sus pares fue este fantástico Ride the lightning.

    Gran reseña la tuya, saludos Master!
    Esteban
    http://politomusica.blogspot.com

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