Lodger: desencuentros y nuevas transiciones

Cuando Bowie dejó Berlín definitivamente tras acabar de rodar la película Just A Gigolo en lo que fue un éxito a medias -la crítica la recibió con disparidad de opiniones-, se embarcó en la gira Isolar II: setenta y ocho conciertos a lo largo y ancho de cuatro continentes, en los que destacaba, sobre todo, esa epopeya grácil, ceremoniosa y artificial de su etapa berlinesa. Dirigida por Carlos Alomar, quien, en ausencia del artista británico, tomó la batuta a la hora de coordinar las sesiones, pretendía que el tour fuese un repaso exhaustivo de sus doce años como músico profesional, amalgamando no sólo la psicología de los personajes o su evolución como artista, sino también, el vestuario, tan fundamental, o incluso más, si cabe, que la propia música, ya que se había convertido en todo un icono del mundo de la moda. En el devenir de la gira, sin embargo, volvieron a aflorar, una vez más, los continuos problemas de Bowie derivados de la ‘nostalgia’ que sentía de los años de consumo de cocaína, y de la frialdad que volvió a cultivar respecto a su entorno, motivando que el vacío de tiempos aflorase de nuevo. Para cuando se metió a grabar Lodger, el espíritu de Berlín y Centroeuropa, se estaba poco a poco, desgajando. El miedo a que la herencia de los dos álbumes anteriores, así como el temor a que el factor sorpresa con el que siempre sorprendió al consumidor y a la propia industria musical, apareció a lo largo de 1978. Y, en cierta medida, si el último cedé de la trilogía carecía de la fuerza y determinación de los dos álbumes anteriores, fue, sin duda, porque la fuerza motriz de los estudios Hansa o de la Villa de Chtreouville, se estaba perdiendo.

Mucho menos rompedor y esgrimiendo un concepto de vanguardia absolutamente diferente respecto a dos álbumes anteriores, el británico refleja el fin de una época corta pero excitante. Grabado en la ciudad de Montreaux, entre la pompa de lujo aportada por las exquisitas alfombras persas con flecos dorados, las butacas de cuero repujado y la cristalería perfectamente tallada, Alomar achacaba, precisamente, el ‘acomodo’ de la banda a la opulencia del entorno: ellos trabajaban mejor en entornos pesimistas. La labor de Eno en el álbum se materializó en una serie de innovaciones en el concepto que, anteriormente, había intentado llevar a cabo, como el de los Planet Accidents. El músico británico compelía a Bowie y sus músicos a que fijasen la vista en el esquema de acordes que, a modo de recordatorio, ponía en la habitación, para que, de improviso, lo tocaran. Pero no funcionó todo lo bien que él quisiera. Pronto se dio cuenta que, a diferencia de las dos producciones anteriores, estaba un pelín más encorsetada y menos suelta. Una vez superado el bache, y disfrutando del final del verano con el nieto de Charles Chaplin en el lago Leman, volvieron manos a la obra.

Belew adquirió un papel fundamental en los últimos compases de la grabación. Cuando giró en directo con Bowie, él no se dio cuenta de que, sin saberlo, estaba tocando las partes de guitarra de Robert Fripp en Heroes, las cuales, fueron cuidadosamente editadas, de tal forma que resultasen difíciles de tocar: El norteamericano lo hizo, sin darse cuenta; buscaban probarle, y ahora, lo que querían de él es que en el estudio demostrase la misma soltura que durante la gira. Visconti, cuando hablaba del álbum, lo hacía de intentos vanos de recuperar la frescura y a una mezcla del álbum apresurada para él. También el concepto que abanderaba el compacto -la crítica al modo de vida, así como a las tropelías cometidas por Occidente desde su nacimiento-, se vio como un poco forzado. Ciertamente, como concepto, Bowie, en Diamond Dogs o Ziggy Stardust, noveló a la perfección el hedonismo, la sexualidad, la inocencia de la juventud, y el anhelo de ésta, de querer ser como sus ídolos y escapar de la realidad, así como el mundo orwelliano que Pink Floyd, de la mano de Animals y The Wall, también desarrollaron en los setenta. Pero con Lodger, la sensación fue la de producirse esa transición que desembocó en Station To Station, pero sin la pompa de dolor sazonado con el deterioro físico y moral que produce la soledad henchida de creatividad.

Bowie Lodger

También las instrumentales, que, con maestría, Bowie, Eno y Visconti, en trabajos anteriores, trabajaron y cuidaron con mimo, fueron suprimidas. En su lugar, composiciones mucho más directas, en las que un Bowie multicultural ensalza la cultura africana -siempre herida de muerte, pero con un corazón que no cesa de latir-, en African Flight Night o, sin ir más lejos, el dengue de Yassassin (Turkish for Long Live) -una de esas muestras de exotismo que tanto gustan al británico-, ilustran a la perfección, el progresivo acercamiento a la cultura tribal –Peter Gabriel, ex-vocalista de Genesis, hizo lo mismo con Biko, de su Peter Gabriel III-, y el posicionamiento político y cultural, de muchos artistas, para con los últimos años de la Guerra Fría. Fantastic Voyage hace referencia, precisamente, a ese conflicto que dividió el mundo en dos bloques, y que en los años setenta, sobre todo con la detente de Nixon, propiciando un canal de comunicación y diálogo con la Unión Soviética y China, se ‘estabilizó’, así como los tratados de desarme firmados en Basilea y París. Resulta asombroso ver cómo trabaja Belew; cómo aprovechó su experiencia con Talking Heads para modelar las disonancias de su guitarra, así como esa depuradísima técnica, sin caer en el solaz del ego desmedido. Las influencias de Neu! y el Motorik, en general, de Red Sails, o el Pop estándar y rítmico de Look Back In Anger y Boys Keep Swinging atestiguan, en cierta medida, el camino del artista en la segunda mitad de los ochenta. En resumidas cuentas, Lodger, pese a no ser igual de brillante que los discos anteriores, si hace un buen trabajo en lo concerniente a la psicosis mundial, respecto a la carrera nuclear emprendida por los dos bloques, el intenso trabajo de la propaganda o la exaltación de los orígenes de la Humanidad, para darnos cuenta de cómo poníamos en peligro ésta.

Y, finalmente, Berlín acaba aquí. Una trilogía maravillosa que desembocó en una reinvención donde, a diferencia del funeral por el alma de Ziggy, no desembocó en un artista roto, sino más reforzado. Seguramente, el dolor sea la mejor escuela para purificar el alma; así lo ejemplifican numerosas obras artistas; y en el caso del inglés, fue rejuvenecedor. Había sacado doce discos en diez años. Seis de ellos obras maestras; seis de ellos en los que subió a los cielos y descendió a sus infiernos, como si fuese Dante, para ponerse esa máscara que revelaba la verdad, como preconizaba Oscar Wilde. Berlín marcó un antes y un después en el mundo del Rock y la música en general: desplazó el centro de la gravedad del mundo anglosajón al de Europa central. Las vanguardias, poco a poco, en los ochenta, se fueron sustituyendo por una música mucho más superficial, tributaria de la cultura de la masas y el enorme poder que ejercían los medios de comunicación. Las revoluciones culturales, como fueron el propio Krautrock o el Punk, languidecían. Tocaba dejar paso a otro tipo de música que comprendiese e interpretara la transición del mundo ideal, que había en los setenta y sesenta, al de los ochenta. Pero eso, lo dejaremos para más adelante. Y a Bowie, también. Tocaba dar un nuevo paso hacia delante.

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s