Retrato de Michel Houellebecq: ¿el Albert Camus moderno?

Es hiriente, frío y profundamente desapasionado. Es un hombre absolutamente metódico y calmo que, de la polémica, ha sido capaz de construir un subterfugio contra ese -pernicioso- hado adverso que es la propia correcicón política. Michel Houellebecq -Saint-Pierre, isla de La Reunión, departamento de ultramar de Francia, 26 de febrero de 1956–, ha conseguido que cada libro suyo sea una cuestión no sólo literaria, social e intelectual en Francia, sino también política. Francia, un país que, en la actualidad, se encuentra inmerso todavía en una crisis económica de gran calado -de ahí el anhelo francés de reformar urgentemente la ‘eurozona’, en vista del indiscutible dominio alemán-, así como el paulatino desgaste del gobierno de Hollande, marasmo de debilidad -cada vez menos ciudadanos franceses confían tanto en él como en Manuel Valls-, han fagocitado a una nación, a día de hoy, un tanto desplazada en el continente, en comparación con el papel histórico de faro de la Europa moderna y contemporánea.

Houellebecq se ha convertido en uno de los referentes de un viejo continente el cual, ante su obstinado papel como guía de buenas costumbres y receptáculo de miedos e inseguridades ajenos, no asume un papel decadente proporcionado, en parte, por una integración tanto política, cultural y económica un tanto deficiente. Lo es no sólo porque haga las cosas mal -siempre hubo una intención entre los europeos de pretender que el mundo danzase al compás de la música que ellos tocaban-, sino porque, a día de hoy, pocos intelectuales, a diferencia de lo que sucedía en el siglo XX con Ortega y Gasset, Camus o Sartre, son incapaces de dar una respuesta convincente de en qué momento Occidente, en su vanidad, perdió su visión sobre lo que debería haber sido el mundo posterior después de una crisis o una contienda militar. Todos los retos que se le presentaron, como la guerra en los Balcanes, así como la integración monetaria -la crisis económica del año 2008 que, hoy día, se está cobrando una serie de víctimas como España o Grecia, incapaces ambos de controlar a una ciudadanía desencantada con ese mundo de ideales y solidaridad que aspiraron a conseguir, en su momento-, no los han sabido solucionar. La Unión Europea aspiró en su día a convertirse en federación de Estados, imitando el modelo norteamericano. Pero se tradujo en una serie de desequilibrios que aún no se han podido solucionar.

 

Houellebecq foto 2El novelista francés, consciente de que rodamos por una pendiente hasta el vacío, reivindica una vieja Europa, la de la moral judeo-cristiana, indispensable, según él, para recuperar y regenerar los postulados acuñados por los liberales del siglo XVIII. Desde su infancia, siempre desarrolló una habilidad innata para percibir el peligro su entorno. Creció entre libros, mientras su madre vivía el sueño comunista: la confrontación entre el querer y el podría ser, y el querer y no poder ser. Hijo de esa generación de los sesenta francesa, la cual, se reveló ante las crisis de un Gobierno miope y sordo como el de Charles De Gaulle, siempre atacó frontalmente a los herederos de mayo del 68: una generación que lo tuvo todo para variar el curso de los acontecimientos en Francia; pero que se acabó perdiendo en una magma de contaminaciones por culpa de la debilidad y flaqueza que siempre le atribuyó a la nueva hornada de políticos, especialmente a la socialdemocracia francesa. Su uso del lenguaje, glacial y analítico, catalizador del espíritu analítico de ilustres compatriotas como Stendhal y Balzac, con quienes comparte una visión unitaria del hombre, se funde con una visión crítica en la que, ironía y sarcasmo van de la mano. Los novelistas franceses del siglo XIX estaban siempre en constante ebullición; sabían que se presentaba una época en la que los retos eran cada vez más difíciles, y no rehusaron de sus compromisos para con la patria: en cambio, Houellebecq siempre se mostró crítico con la ausencia de intelectuales y de visión crítica que se empezaba a instaurar en Francia.

  1. Los años noventa, una época en la que todo el saber histórico de los siglos anteriores no se condensó de la forma adecuada, llevó a Occidente a una relajación, que propició la aparición de un monstruo que se aprovechó de nuestra debilidad política como el fundamentalismo islámico. De repente, pensábamos que todo lo habíamos hecho, y el fin de la Guerra Fría sólo nos enseñó conflictos que, durante la división mundial entre los bloques comunista y occidental, estaban a punto de brotar de nuevo. El novelista francés sabía a la perfección que el desconocimiento histórico aboca al fracaso histórico de los pueblos. Que, en el momento en que los Estados dejan de ser férreos, acaban propiciando la segmentación de la sociedad de la que, precisamente, se alimentan los totalitarismos y fanatismos. A través de este especial sobre su obra –centrada, sobre todo en Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Plataforma y Sumisión-, analizaremos a uno de los grandes referentes culturales e intelectuales de nuestro tiempo, que yace en su propio lecho de incomprensión, cinismo y escepticismo salpimentado de distopía. ¿Nos acompañas en este viaje?

 

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2 comentarios en “Retrato de Michel Houellebecq: ¿el Albert Camus moderno?

  1. Comparar a este tipejo fascista con Camus es toda una ofensa para el gran novelista franco argelino. Pretender que su novela “El extranjero” sea la tierra donde este desecho social plante su semilla, es retroceder a los tiempos de mari castaña. Todo lo ganado hasta ahora con tanto esfuerzo no habrá servido de nada con la involución de los que justamente fomentan el integrismo islámico. Porque no olvidemos que los integrismos son obra de integristas, ya sea islámicos o fascistas.

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    1. Yo, en cambio, sí que le veo cosas de Albert Camus. Fíjese lo que son las opiniones. Europa ha ganado muchas cosas con su esfuerzo, de acuerdo, pero, parece que la clase política de hoy día, parece no entenderlo.

      Muchas gracias por tu comentario, Richie. Un saludo.

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