Ampliación del campo de batalla: una Europa fría y rota

Arrancó en 1994, en una fecha importante para la humanidad. El mundo miraba horrorizado los avatares de las guerras civiles en Ruanda, el Zaire y la Guerra de los Balcanes. Se había instaurado el terror en Europa y en el resto del mundo cinco años después de la caída del Muro y tres desde la desintegración de la URSS. Los diversos organismos internacionales encargados de velar por la paz y la concordia actuaron -como siempre- tarde y mal. Houellebecq no fue ajeno a todos estos conflictos: una vez más, la vieja Europa tenía que verse obligada a intervenir lejos de sus fronteras para que la democracia fuese un sistema que vinculase a todos sin igual. Él, mientras tanto, se encontraba trabajando en la que sería su primera novela: Ampliación del campo de batalla. Fueron inicios duros, de incertidumbres y miedos. Cuando el escritor asume por primera vez el reto de escribir ficción, máxime si es la primera novela, la tensión es inherente al proceso creativo. Desinhibirse, muchas veces es difícil y, además, somos como una hoja mecida por el viento: el proceso de escribir, sobre todo la primera vez, es una trampa hostil, tanto para el lector como para el propio escritor.

Con su ópera prima, el escritor francés nos presenta una historia a retazos. Como si se tratara de una especie de William Borroughs con la técnica del cut-up, modela una trama en la que, el mundo frío y caduco que la sociedad moderna europea ha creado –tecnológicamente avanzada, culturalmente agonizante-, hace estragos en la persona de un ingeniero informático cuyo nombre permanece oculto. Roto por dentro: es consciente de que, pese al progreso científico y tecnológico, no hay oportunidad y salvación para los que hacen de su soledad un refugio contra el dolor y la impotencia de quien se sabe derrotado. La identidad del protagonista de la novela permanece oculta, y a través de ese impúdico anonimato, en la que el escritor habla de forma velada de las profundas brechas emocionales que le dejaron tanto su divorcio, así como el repudio a su trabajo como informático durante los años ochenta, desgrana un frío y acerado análisis acerca de un sistema, como el occidental, que tenía, una vez más, que reorientar sus esfuerzos en pos de la integración de todos los sectores de la sociedad.

Houellebecq 1994 2Houellebecq frecuentó en los ochenta centros psiquiátricos debido a una profunda depresión. Tal y como señala en las páginas de libros, aunque sea vicariamente, sentía la insana obsesión de querer no plasmar su vida, sino su entorno. La mirada del francés estribaba en la mentira y en la máscara: disfrazarse era una forma legítima de mirar cada uno de los recuerdos que alimentaron su visión aséptica del mundo. Por eso, el ‘campo de batalla’, que en teoría deberían de ser los demonios de uno propio son, también hace referencia a los avatares de un intelectual frustrado por la construcción del nuevo proceso histórico y social en Francia y Europa, en general. El novelista francés revive el mito de la capacidad perniciosa del ser humano de querer repetir cada uno de los fallos que ha cometido a lo largo de ésta. A través de un análisis frío y un tanto aséptico sobre ese vasto cuadrilatero que son las pasiones humanas, construye un modelo social manejado por el acomodamiento y el confort que proporcionan el colchón del Estado del Bienestar, pero visto a través de la perspectiva de un personaje de a pie.

El mérito del prosista en su ópera prima narrativa, es la de confrontar a la perfección una especie de síntesis entre un mundo que dejó de existir hace mucho tiempo –la Francia de mayo del 68, aquélla que buscó la lucha y demolición de los cimientos de una Francia atada al dogma autoritario de Charles de Gaulle y, al cada vez más, implacable mundo del mercado de trabajo- y, la Francia de hoy día, que no es más que el reflejo del desmoronamiento de una Europa que cada vez tiene más problemas a la hora de reactivar el sistema productivo, corregir desajustes -propiciando la precariedad del mercado laboral en muchos países-, la aparición de grupos transgubernamentales que luchan por la asimilación del poder estatal, así como la desgelitimización del Estado cuando toma decisiones en pos de los intereses económicos en vez de los de la ciudadanía. El acierto de Houellebecq en Ampliación del campo de batalla es el desarraigo como fuerza motriz; es el transcurso de un final de siglo en el que el anhelo de libertad y lucha quedó sepultado por las implacables líneas del mercado en todos los sentidos. Conseguir el consenso como sustancia indivisible de la legitimidad democrática, sin lugar a dudas, se convirtió, al igual que el devenir de la juventud hedonista y desnaturalizada, en uno de los motores de su primer libro.

 

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